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22 mayo, 2019

Kung-Fu-Tao: El sabio


En China, más que tal vez en otras latitudes, las preocupaciones políticas y sociales subyacen a todo pensamiento.

Por encima de las exhaustivas distinciones de su filosofía, existieron en la antigua China, dos tendencias filosóficas claras y opuestas: una, positiva y práctica, la de los “letrados”; otra, metafísica y mística: la de los “taoístas”.

Los primeros estudiaban los Seis Libros Clásicos y el Ceremonial, que incluían las responsabilidades sociales, el respeto a los ancianos, la práctica de las grandes virtudes humanas. Sin embargo, los taoístas despreciaban las convenciones sociales, preconizaban lo natural y lo espontáneo y sólo concedían valor a la preparación personal para la unión con el Principio invisible.

Por “confucianismo” se ha conocido en Occidente a la escuela “Ju Chia”, la escuela de los “letrados”. Los seguidores de la misma eran, al mismo tiempo, eruditos y pensadores, esto es, almacenaban saber y también lo creaban. El Estado chino reconoció, hasta la Revolución, que era el método óptimo de educación de su pueblo y se les tuvo por la filosofía oficial. Esta escuela reconoce a Kung-Fu-Tao – Confucio para los occidentales – como su maestro fundador.

Nacido en 551 y muerto en 479 antes de Cristo, Confucio no dejó nada escrito. Solía decir “transmito, pero no invento”. La verdad es que transmitió la sabiduría de los antiguos y añadió no poca él mismo, porque, aunque no inventaba, transformaba todo lo que tocaba. Para él, todo debe funcionar armónicamente mediante “las cinco relaciones sociales”: entre el soberano y el súbdito, entre un padre y un hijo, entre el hermano mayor y el hermano menor, entre esposa y esposo, entre amigo y amigo. Es inútil tratar de expresar la voluntad inescrutable del “Cielo” (Tao). Sin embargo, ésta se cumplirá si el ser humano se va perfeccionando poco a poco en sus relaciones, consiguiendo cada vez mayores cotas de personalidad y racionalidad. Lo que importa es vivir la vida con “rectitud” (yi) y comprender la significación profunda de los rituales naturales y sociales (li), donde el respeto a las jerarquías y la propia función son decisivos.

Para obrar “yi” es necesario estudiar las relaciones entre las realidades y los términos designados por ellas. Esa es una tarea ardua: “la rectificación de los nombres” (Cheng Ming). Cada nombre contiene ciertas exigencias de sentido de acuerdo a la esencia ideal de las cosas. No remite esto a un platónico mundo de las ideas, sino que está instando a una dimensión ética: cada realidad tiene sus responsabilidades y sus deberes, que hay que cumplir y dejar cumplir. Esa es la condición de un mundo en paz.

El Soberano, esto es, el gobernante, está especialmente cuidado por la doctrina de Confucio. Debe gobernar más por su virtud que por su poder. Su principal tarea es reformarse a sí mismo, siendo soberano de sí, y cumplir con sus deberes para con el prójimo. Para eso, debe conocer a los hombres y, por ello, es preciso que conozca al Tao del Cielo. Para Confucio, el gobierno ideal es el del hombre santo. Esa santidad es un conocimiento innato de los símbolos, del Bien y de lo Verdadero. El sabio adquiere paulatinamente lo que el santo tiene por naturaleza. Nada hay en este mundo que no sea profundamente bueno. El sabio sabe captar esa bondad de todas las cosas y a ella busca utilidad para todos. Para ser sabio hay que acompañar el estudio de la bondad de las cosas con algunas acciones, la más importante de las cuales es la de examinarse bien a uno mismo para conocerse cada vez mejor y emplear la rectitud (yi) con los demás. El Bien se difunde por sí mismo. No necesita propaganda. Con su sola presencia, el sabio transforma su ambiente. Nunca un hombre es sabio si busca su propio interés. El hombre vulgar es su opuesto y a éste le corresponde la preocupación por la propia comodidad, la sed de placer, de riquezas y de honores. El sabio no reivindica nada y vive feliz con lo que tiene. Tampoco le importa que los hombres le ignoren, porque el Cielo le conoce bien. Se vence en todo a sí mismo y así mantiene el equilibrio entre sus facultades. El exceso es malo en todo momento. El sabio se mantiene siempre en el “invariable medio”. A esta aristotélica doctrina se la ha llamado en China “Chong Yong” (Camino Medio).

El “Li” y el “Yi”, como imperativos de la conciencia, no serían más que fría especulación si el sabio no añadiera a ellos “Jen”: sensibilidad humana, sentimiento de compasión, sin el que para nada podrían darse, de un modo perfecto, las relaciones sociales, que deben estar marcadas por el calor y afecto humanos. Porque si los hombres no simpatizaran entre sí no podrían juzgarse de acuerdo a su mayor o menor rectitud. El aprendizaje del “Jen” se desarrolla, según Confucio, en el seno de la familia, por eso fue tan exagerado en implantar la piedad filial a los mayores, porque, según él, sin amor a los padres no se tiene amor al país, al ambiente que a uno le rodea ni a los demás seres humanos.

Confucio resumió la doctrina de la rectitud en la “frase de oro” del Evangelio, quinientos años antes de que la predicara el Nazareno y en formato positivo: “Haced a los demás lo que queráis que os hagan”. Y en formato también negativo, para explicar, no sólo la rectitud, sino también el altruismo: “No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan”. El “Jen”, practicado de ese modo, es una virtud social que crea paz y armonía alrededor. “Quien se ejercita en la rectitud y el altruismo no está lejos del Tao”. Pero es necesario cambiar para ir adaptándose más y más a ese estilo de ser. Porque “sólo no cambian los grandes sabios y los grandes idiotas”. Propio del hombre es cambiar y adaptarse y, si es a mejor, adquiriendo mayor cultura, la naturaleza humana será más digna de confianza.

Confucio predicaba, ante todo, con el ejemplo. Su vida entera, al no poderse dedicar a la política que cambiara por fuera el país, se dedicó a la educación que podía cambiarlo por dentro. Su vida fue una continua ascesis en las relaciones sociales, buscando en todo rectitud y altruismo. Se cuenta que, cercano el fin de sus días, un discípulo suyo le pidió permiso para invocar sobre él la protección de los espíritus. A lo cual el maestro respondió: “Mi plegaria es mi vida”.

 

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