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22 mayo, 2019

Platón: O el amor por los ideales


La muerte de Sócrates no sólo fue una conmoción para su ciudad, sino también y, sobre todo, un acontecimiento traumático que marcó la vida de uno de sus discípulos más aventajados: Aristocles. Para los amigos: Platón.

La sensación que se abre en la mente de este joven, de inquietudes políticas aristocráticas, es la misma que se abrió ante Saulo de Tarso, San Pablo, ante la muerte del Nazareno. La interna pregunta de éste: ¿Cómo puede ser divina la ley de Dios que ha mandado matar a un justo a quien Dios quiere? Su respuesta: la ley de Dios dada a los judíos ya no es válida. Hay que elaborar una nueva fe. Por su parte, Platón se preguntará en su interior: ¿Por qué la mejor ciudad ha matado al mejor hombre? Su respuesta será: no era la mejor ciudad. Hay que construir una ciudad que no mate a la Filosofía y donde los gobernantes sean filósofos (amantes del saber).

La venganza o un velado resentimiento está, por tanto, al comienzo de la sabiduría Platónica y, como en el antiguo caso del maestro chino Confucio, la convicción de que, si no puedes llegar a ser buen político para guiar a los hombres, conviértete en el educador de sus hijos para que ellos den al pueblo el gobierno que tú has querido. Pero Platón lo intentó, varias veces, con los dos Dionisios (I y II) de Siracusa. En uno de estos intentos, fue hecho esclavo, vendido como tal y rescatado por su amigo Aníceris de Cirene, que le proporcionó el dinero para construir su Academia (en el lugar consagrado al héroe Academo), en una colina desde donde se divisaba a la ciudad asesina mientras se soñaba sustituirla por otra regenerada.

El desengaño del que parte la filosofía de Platón marca su visión lúcidamente pesimista e idealista de todo su pensamiento: nuestra tierra, con sus percepciones, que parecen reales, da a nuestros sentidos el engañoso y aparente espectáculo que esconde la realidad verdadera, sólo accesible por la razón, esa inteligencia que de la que había hablado Sócrates y que nos lleva a la “episteme”, por la que ya Parménides deploraba los sentidos y amaba el pensamiento. El alma tiene ante sí continuamente la contemplación de lo miserable, pasajero, mudable y corruptible y ansía de corazón llegar a lo permanente, lo valioso y sumamente útil, lo máximamente bello, lo perfecto, la Bondad suprema, el Bien, que atisba más allá de todo lo que puede existir y que debe existir, dando sentido a todo lo que aquí vale, aunque como sombra de aquella Verdad.

Recordar entre sombras lo que vimos es la obra del pensamiento, que vuelve una y otra vez a hacer presente, a re-presentar el pasado, pero incluso un pasado del que no tenemos memoria. Para Platón, el mundo de los ideales, del deber-ser de las cosas, los paradigmas, los sumos proyectos de todo, pululan, como en el mundo de las matemáticas los números, en algún lugar ignoto del que procedemos. Somos ciudadanos del infinito, desterrados a perpetuidad, eternamente inmigrantes. El alma, hecha de materia sutilísima de estrellas, es arrojada a nuestro mundo con una nostalgia de lo que no sabe y comienza a saber a medida que se le presentan objetos que le recuerdan a lo que en algún remoto lugar debió ver con los ojos de la mente. Somos ansia de infinito en una finitud que nos encarcela, “ángel con grandes alas de cadenas”, bebedores de un agua que no sacia, restos del naufragio de una gran escuadra desarbolada.

El hombre debe ascender desde su “caverna” hacia la luz, llevado a veces por la fuerza de quien le quiere educar y debe ponerse de cara a la luz que le ciega, esa luz que es la razón, por la que debe contemplar y elucidar lo que vale de lo que no es. Al final, quien llega a la luz debe retroceder y volver al seno de la caverna y decirle a los prisioneros (él ha sido un prisionero) que no conocen sino de oídas y que deben aprender y pararse “a distinguir las voces de los ecos”. No le soportarán, el extranjero, que llega a estorbar la tranquilidad y oscura ociosidad de la caverna, será objeto de burla. Muchos le verán desmañado, porque, caminando y bajando de la luz hacia las sombras también hay una obnubilación, un no ver claro, un deslumbre de la oscuridad. Y lo matarán, como hicieron con Sócrates, el que veía, el que, siendo ateniense, parecía extranjero, porque se había hecho ciudadano de mundo de los ideales y los ideales son el peor enemigo de la mediocridad.

Educar es sacar de dentro lo que ya hay, no poner ojos a nadie, como pensaban los sofistas, sino coger pedagógicamente de la mano y, con dulzura, hacer ascender hacia arriba: primero, por el camino fácil de las imágenes, luego, yendo hacia los objetos de esa imaginería y, más allá de eso, saltando el abismo entre lo sentido y lo pensado, hacia el mundo de lo discursivo que termina allá donde no cabe ningún contacto con lo material, ni siquiera con las privilegiadas formas geométricas, hasta llegar a las “Ideas”, los proyectos de ser de todo, donde el sabio encuentra su sabiduría, donde el gobernante encuentra cómo gobernar.

Así, la ciudad ideal será la gobernada por un rey-filósofo (educado en la ascensión hacia los proyectos arquitectónicos de todo), cuya virtud será la prudencia; defendida por guardianas, edificados en la fortaleza y constituída por los artesanos y comerciantes, esto es, los productores, guiados por la moderación. Todos ellos cumplirán su misión y así todo funcionará bien. Sonará armónicamente. Pero la justicia no reinará en la ciudad perfecta sin que en cada uno el alma inteligente no domine y dome, manteniendo en su sitio, al alma de los sentimientos nobles y al alma de los instintos. De ahí que la justicia en cada uno sea fundamental para construir la justicia en la ciudad. No hay ética sin justicia ni justicia sin ética. No podremos crear ciudades felices sin ciudadanos felices ni viceversa. Esa intención, radicalizada en “La República” y moderada en “Las Leyes” es el secreto intento de Platón.

Tal vez él haya sido el precursor de muchos desmanes: intelectualismo y espiritualismo sobre materialismo y del desprestigio y desvaloración de cuerpo y de lo material, que el cristianismo posterior verá con buenos ojos. Tal vez podamos ver en su ciudad ideal la encarnación de totalitarismos como el de la ex Rusia soviética o el absolutismo vaticano, pero no cabe duda de que este ateniense genial nos sigue enseñando a mirar hacia los ideales en épocas de pragmatismo y corrupción.

 

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